Nadie se
explicaba cómo Regina había llegado sana y salva a la orilla. De
todas las hermanas era, con diferencia, la más remilgada e
indolente. Y ahí estaba, con su brazo roto, quejándose de que su té
estaba frío. De las aguas del mar del Norte
en las que había naufragado hacia dieciséis horas y en las que
había pasado la noche a cuatro grados, ola va y ola viene, ni una
palabra. Pero el té estaba frío. Y todo el mundo se pasaba el
mensaje con la gravedad de quien escucha a quien sabe lo que, de
verdad, es importante.
María
Fraile
(Ilustración de María Porfíria Díaz)






